
Wróblewski. Retrato orgánico. Detalle. s.f. (1957). Foto R.Puig
Hay vidas que, desde que despiertan a la historia hasta que la historia las engulle y sin apenas respiro y hasta el final, tratan de florecer, de manifestarse y de transmitir su obra en los territorios que les marca el totalitarismo.

Wróblewski. Ejecución en Poznan.Detalle.1949. Foto R.Puig
Hace dos semanas trajimos a este blog algunos atisbos de una de ellas, la de Andrzej Wróbleski (1927-1957), desde la exposición organizada por el Muzeum Sztuki Nowoczesnej de Varsovia, en colaboración con la Fundación Andrzej Wróblewski y Culture Poland, en asociación con el Museo Reina Sofía, en el Palacio de Velázquez del Retiro de Madrid (donde acertadamente está permitido tomar fotos, sin flash).

Wróblewski. Ejecución frente a un muro. Detalle. 1949. Foto R.Puig
Al artista le había marcado, como individuo y en su familia, la barbarie de la ocupación nazi. Y cuando en una Europa en ruinas, al final de la guerra, creaba sus primeras obras y contestaba la estética imperante en la Academia de Bellas Artes de Cracovia, sobrevino la ocupación soviética.

Wróblewski. Abstracción geométrica y Abstracción geométrica en gris. c.1948. Foto R.Puig
A su Grupo autoeducativo, compuesto por estudiantes vanguardistas que aspiraban a expresarse para la mayoría o, como se decía entonces, para las masas, el nuevo régimen se encargará de recordarles que lo que se había instalado en Polonia era otra forma de marcar el paso.

Wróblewski. Retrato de un joven. c.1948. Foto R.Puig
Las obras en que descarga su memoria de la guerra y la ocupación tienen mucho de desahogo personal y de expresión de la sinrazón y el sufrimiento colectivos.
A pesar de adaptarse a las reglas del realismo socialista, sus obras no son bien recibidas por el régimen comunista. Las fisionomías de personas ejecutadas no suscitaban buenas sensaciones entre quienes pretendían cantar un nuevo mundo de proletarios en marcha hacia un futuro radiante.

Wróblewski. Ejecución frente a un muro.1949. Foto R.Puig
Sólo una minoría de creadores atípicos de su propia generación se sentían en sintonía con su obra y compartían su teoría estética y su enfoque crítico. Andrzej Wajda (1926), compañero de estudios en la Escuela de Bellas Artes, fue uno de ellos. Los cuadros de ejecuciones de su amigo le impulsaron a dedicarse al cine.

Andrzej Wajda en la exposición “Wroblewski por Wajda”. Museo Manggha. Cracovia 2015
Andrzej Wrówlewski murió a los 29 años, desencantado del aparente deshielo que sucedió a la muerte de Stalin.

Wróblewski. Cabeza de hombre sobre fondo rojo. Detalle. 1957 Foto R.Puig.
Los retratos y autorretratos de sus dos últimos años de vida presentan a un antiguo comunista desprestigiado.

Wróblewski. Autorretrato en rojo. s.f. Foto R.Puig
Sus grupos de figuras aluden a una sociedad estancada y resignada.

Wróblewski. Sala de espera I. Cola continua. 1956. Foto R.Puig l
Los desgarramientos de algunas de sus obras parecen encerrar su propio drama en aquellos últimos meses de intensa creación y precariedad, asediado por la necesidad, padre de familia con escasos ingresos para mantener a su mujer, Teresa, a su hijo de tres años, Kitek, y a las dos gemelas de año y medio.

Wróblewski. Él y ella. 1957. Foto R.Puig
Una sensación similar nos deja El hombre de piedra, una obra terminada pocas semanas antes de encontrar la muerte el 23 de marzo de 1957 en los montes Tatra, cuando andaba en solitario por un mundo de piedra.

Wróblewski. Hombre de piedra. 1957 Foto R.Puig.
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Epílogo
Prefiero sin embargo acabar esta crónica con un delicado dibujo del artista, realizado en 1954, el año en que nació su hijo Kitek, que pienso habrá tenido algo que ver con la custodia de la memoria y la obra de su padre en la fundación que lleva el nombre del artista

Wróblewski. Teresa y Kitek. 1954. Foto R.Puig.